El diseño ¿un producto o un servicio?

Siempre he sido diseñador gráfico, desde los 15 años. Allá por 2005, cuando SFDK todavía molaba, cuando la mayoría de los españoles estaban empezando a entender qué es Internet, yo ya bajaba plantillas para pinceles de photoshop para hacer selecciones de capa con ellos para ponerle un marco chulo a mi diseño con las pocas fotos decentes que había a mi alcance.

Gracias a vagos.es, que Dios tenga en su gloria, yo y otros muchos diseñadores aficionados teníamos acceso a un subforo completo de recursos gráficos, desde colecciones grotescas de estilos de capa a efectos visuales como el filtro topaz (no sé que habrá sido de este filtro que convertía en plastificado la textura de cualquier imagen, probablemente, esté ardiendo en el mismo infierno).

Allí en vagos, hicimos comunidad, y aprendimos a disfrutar con uno de los mejores placeres del diseño: la utilidad. Y la utilidad del diseño gráfico en un foro de aquella época era tener la firma más guapa de todo el portal. Decenas de “firmeros” tenían un post con su nombre en el título, seguido de un galimatías tipográfico que intentaba ser filigrana, y rematado con un excelente copy como “pide tu firma aquí 100% gratis”.

Hice firmas para foreros freaks, claro, pero también para para futboleros, peliculeros, seriéfilos, manitas e informáticos. He hecho firmas de David Villa, de Fernando Alonso, de Mago de Oz y de One Peace. Gracias a ellas, aprendimos el valioso concepto de trato con el cliente (que no pagaba, que solo pedía) que se iba tan contento dejando una valoración positiva por nuestro esfuerzo por contentarlos. No era mucho, pero empezamos a entender que el diseño era algo más que una cosa bonita en la que perder las horas, el diseño tenía que gustarle a alguien más.

Como si se tratara de la WWE, cada semana los firmeros teníamos un concurso de firmas con una temática o técnica marcada, y muchos usuarios pasaban a dejar sus votaciones y comentarios. Era tan grande la comunidad, que se creó un foro solo para eso, para los firmeros. Y este fue el gran fin de este arte que ya se ha perdido. Pero incluso de este fin pude sacar una conclusión: no se fue al garete porque fuéramos pocos, por falta de recursos o de actividad, se fue al garete porque ya no teníamos para quien diseñar.

Nos volvimos endogámicos, competíamos por la reputación y dejábamos de diseñar con gusto propio si sabíamos que había un estilo de diseño que recibía más puntos que otro. Nos vendimos a… bueno, al dinero seguro que no, pero nos vendimos. Esta historia es una miniatura de cómo funciona el sistema de diseño profesional, con sus pedidos, con sus cambios, con sus clientes satisfechos, con tus compañeros y rivales. En aquella época no tenía puta idea de nada, pero ahora lo recuerdo y esta historia aporta un poco de luz a una pregunta que me he hecho recientemente como profesional:

¿Es el diseño un producto o es un servicio?

 

¿Es una mezcla? ¿Es realista decir que cada cliente es un mundo cuando es evidente que se reutilizan recursos de unos a otros? ¿Es incorrecto aprovechar lo aprendido? ¿Cómo de cerrado es el proceso de diseño? ¿El cliente se pasa con los cambios o es que hay imprecisiones desde el principio? ¿Somos artistas o artesanos bajo demanda?

 

Me da pena no conservar el contacto de ninguno de estos compañeros que tanto me enseñaron de las herramientas de aquel recién salido photoshop cs1… o versiones anteriores. Recuerdo que uno de ellos estaba obsesionado con Valentino Rossi, hasta el punto de hacer solo trabajos con fotos suyas, lo recuerdo especialmente porque era un yonki del topaz, y aplicaba hasta 100 capas de efectos, luces, sombras, mapas, curvas, niveles, topaz, topaz y más topaz. La firma parecía una puta vidriera de iglesia diseñada por Pollock. Yo lo odiaba porque tenía más votos que yo. Pero lo que no entendía y ahora sí, era que ese gran diseñador estaba cumpliendo su cometido: ser el circo del dicho latino “pan y circo”.

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